Dos sillas juntas, frente a frente, en una mesa de cocina con luz de tarde.
Guía · acompañar

Alguien que quiero
ha dicho que no quiere seguir.

Puede que te lo haya dicho con esas palabras, o de refilón, o que lo hayas leído en algo que escribió. Y llevas desde entonces con el estómago cerrado, dándole vueltas a si lo dijo en serio y sin saber si preguntar — o si preguntar lo empeora. Empiezo por ahí, porque es lo que te tiene paralizado y porque la respuesta está estudiada.

Si en este momento hay peligro inmediato, no sigas leyendo: llama al 112, o al 024 si estás en España. Esta guía es para todo lo demás.

Miguel Díaz Zamacona
Por Miguel Díaz Zamacona Psicólogo · Guía · 8 min de lectura

Preguntar no le mete la idea en la cabeza

Este es el miedo que paraliza a casi todo el mundo: que sacar el tema plante una semilla que no estaba. Es lo que hace que la gente rodee la conversación durante semanas.

Se ha estudiado, y bastante. Una revisión de trece trabajos hechos con adolescentes y con adultos, en población general y en personas ya en riesgo, no encontró en ninguno un aumento de los pensamientos suicidas por haber preguntado. El Instituto Nacional de Salud Mental estadounidense lo dice sin rodeos: preguntar no causa ni aumenta esos pensamientos, y hacerlo directamente puede ser la mejor manera de identificar a alguien en riesgo. Hay incluso indicios de lo contrario — de que hablarlo alivia.

Y tiene sentido si te pones en su lugar. Alguien que lleva semanas con eso dentro sabe perfectamente que lo tiene: no se lo estás descubriendo. Lo que le dices al preguntar es otra cosa — que has visto lo que le pasa, que puedes con la respuesta, y que ya no está solo con ello.

Cómo preguntar

Con palabras claras. Es la parte que más incomoda y la que más importa, porque los rodeos comunican justo lo contrario de lo que quieres decir.

«¿Estás pensando en quitarte la vida?» «¿Has llegado a pensar en suicidarte?» Directo, tranquilo, sin adornos.

Si preguntas «no estarás pensando en hacer una tontería, ¿verdad?», estás pidiendo un «no». Le estás enseñando que no quieres oír la verdad, y te la va a ahorrar — porque quien está así suele proteger a los demás de su propio estado. Preguntarlo claro demuestra lo contrario: que eres capaz de sostener la respuesta.

Y después, lo más difícil: callarte y esperar. La pausa se va a hacer larga. Déjala larga.

Qué hacer con lo que te diga

Escuchar, no arreglar. El impulso será darle razones para vivir, recordarle todo lo que tiene, señalarle a quien lo quiere. Es amor, y no funciona: convierte su dolor en un argumento que hay que rebatir, y le enseña que contigo toca defender lo que siente. No le discutas los sentimientos. Pregunta más: «cuéntame», «¿desde cuándo?», «¿cómo es?».

Los silencios están bien. No hay que rellenarlos. «Estoy aquí» hace más trabajo que cualquier frase buena.

No prometas guardar el secreto. Es lo que más se pide y lo único que no puedes prometer, porque puede llegar un momento en que haya que contarlo para protegerle. Se dice así, y se dice antes: «no voy a ir contándolo por ahí, pero si creo que tu vida está en juego voy a buscar ayuda, porque no quiero perderte».

Y no te comprometas a lo que no puedas sostener. Vale más «te escribo mañana a las ocho» y hacerlo, que «llámame a la hora que sea» y no coger el teléfono a las cuatro de la mañana. Una promesa incumplida ahí pesa mucho más de lo normal.

Lo que no ayuda, aunque lo parezca

Minimizar («todos hemos pasado rachas así»). Comparar («hay gente peor»). Hacerle sentir culpable por el daño que causaría — eso solo añade vergüenza a lo que ya hay. Dar consejos rápidos, soluciones o planes de futuro. Enfadarte. Y también el extremo contrario: tratarle como si fuera de cristal, o dejar de hablarle de cualquier otra cosa. Sigue siendo la misma persona, y sigue queriendo que le cuentes cómo te ha ido el día.

No lo dejes solo con esto — ni te quedes solo tú

Tú no eres el tratamiento, y no deberías serlo. Lo que sí puedes ser es el puente.

Ayúdale a dar el paso, sin dejarlo en sus manos. «Vamos a llamar juntos» funciona mucho mejor que «deberías llamar». Ofrécete a pedir la cita, a acompañarle, a esperar fuera. En ese estado cada trámite pesa el triple, y ahí es donde se cae la mayoría de los buenos propósitos.

Las líneas atienden también a quien acompaña. No hace falta que llame la persona en riesgo: puedes llamar tú, contar lo que está pasando y que te orienten sobre vuestro caso concreto. Están todas aquí, y en España el 024 atiende además por chat, por si te resulta más fácil escribir que hablar.

Sobre el acceso a lo que podría usar. Poner distancia y tiempo por medio salva vidas: las crisis suelen ser agudas y pasajeras, y lo que hay a mano en el peor minuto importa más de lo que parece. Pero qué significa eso exactamente en vuestra casa no lo resuelve una página web: pregúntalo en esa llamada, a un profesional o a la propia línea, que sabrán decirte qué hacer en vuestro caso.

Y no lleves esto tú solo. Acompañar así agota de una manera particular, y hay algo que conviene decir en voz alta: no está en tu mano garantizar el resultado. Puedes acompañar, puedes acercar la ayuda, puedes estar. Lo demás no depende de ti, y creer que sí es la vía más rápida para derrumbarte tú también. Cuéntaselo a alguien de confianza, o busca a un profesional para ti. No es egoísmo: es lo que te permite seguir estando.

Cuándo no esperar a mañana

Esto es psicoeducación, no un protocolo clínico. Pero hay situaciones en las que no se espera: si te dice que ya ha decidido cómo o cuándo, si ha empezado a despedirse o a dejar sus cosas arregladas, si ha habido un intento antes, si está bebiendo mucho más de lo normal, o si sencillamente notas que esto se te ha ido de las manos. Entonces se llama — al 112 o a una línea de crisis — aunque te dé miedo equivocarte y aunque temas que se enfade contigo.

Te lo digo porque es la duda que va a frenarte: sí, puede enfadarse. Un enfado es infinitamente más soportable que lo otro. Y en la práctica, la mayoría de las personas que han pasado por ahí agradecen después que alguien no se quedara quieto.

Para que no se te pase la próxima.

Una carta al mes. Llega un domingo cualquiera.