Se encierra en su cuarto
y no sé si es normal.
Contesta con monosílabos. Ha dejado de hacer cosas que le gustaban. Salta a la mínima. Y llevas semanas con la misma pregunta dando vueltas: si esto es la adolescencia haciendo lo suyo — que también asusta y también es agotador — o si le está pasando algo. Esta guía va de cómo distinguirlo, porque hay tres criterios bastante claros y casi nadie los conoce.
Si hay peligro ahora mismo, no sigas leyendo: 112, o el 024 si estás en España. Y para menores, el teléfono ANAR: 900 20 20 10.
Lo primero: en un adolescente no parece tristeza
Aquí está la razón principal de que a los padres se les pase. Buscas a alguien decaído y llorando, porque es como te imaginas la depresión — y no es así como suele verse a esa edad.
En adolescentes se presenta mucho más como irritabilidad, enfado, cansancio, aislamiento y quejas físicas: dolores de tripa, dolores de cabeza que no encuentran causa. Un chaval que está mal puede pasar el día contestando mal, y por la noche encerrado. Desde fuera eso parece mala actitud. Por dentro muchas veces es otra cosa.
Y hay un detalle que confunde mucho: puede estar bien cuando quiere. Reírse con sus amigos por la tarde y derrumbarse en su cuarto al llegar. Esa variabilidad no significa que exagere ni que lo haga por fastidiar; en adolescentes es justamente lo esperable.
Los tres criterios
Casi todo lo que te preocupa aparece también en adolescentes que están perfectamente. Lo que separa una cosa de la otra no es qué hace, sino tres medidas.
Uno: cuánto dura. Un bajón normal se levanta en unos días, casi siempre cuando se resuelve lo que lo causó. Si lleva dos semanas o más sin cambiar, esa duración por sí sola ya justifica consultarlo. No hace falta que sea grave: basta con que sea persistente.
Dos: cuánto pesa. ¿Es estar de bajón, o le impide funcionar? Que le cueste levantarse, que no pueda concentrarse, que las tareas normales se hayan vuelto imposibles. La intensidad se mide en lo que ya no puede hacer.
Tres: a cuántas partes de su vida llega. Este es el más útil de los tres. Un adolescente triste por una ruptura está mal por eso, pero sigue riéndose con su mejor amigo. Cuando lo que sea ha teñido todo —los estudios, los amigos, la casa, lo que le gustaba— ya no es una mala racha con causa: es algo que se ha instalado.
Duración, intensidad y alcance. Si los tres apuntan en la misma dirección, tu preocupación no es exagerada.
Otras señales que conviene mirar
Que abandone lo que le gustaba. Dejar el equipo, la música, el grupo de siempre. Es de las señales más fiables, y una de las que más se justifican como «ya no le apetece».
Una caída de notas en alguien que iba bien. No por las notas en sí: porque concentrarse es de lo primero que se rompe.
Cambios grandes de sueño o de comida. Ojo con el sueño: que se acueste tarde y le cueste madrugar es NORMAL a esa edad —el reloj interno se desplaza de verdad— y no es pereza. Lo que hay que mirar es dormir de día horas y horas, o no dormir por angustia.
Y consumo o conductas de riesgo. A veces no son rebeldía: son la forma que ha encontrado de apagar algo.
Qué hacer, y qué no
No empieces con un diagnóstico. «Creo que estás deprimido» obliga a defenderse de una etiqueta. Funciona mejor lo que has visto: «llevas tres semanas sin quedar con nadie, y antes salías todos los sábados».
Habla de ti, no de él. «Estoy preocupado por ti» no admite discusión y no acusa. Es la puerta que más veces se abre.
Y no lo hagas de frente. Los adolescentes hablan mucho mejor de lado: en el coche, fregando, paseando al perro. Sin contacto visual y sin que parezca una reunión convocada. Una conversación en la cocina de pie dura más que una en el salón sentados frente a frente.
Aguanta el silencio y el «nada». Casi siempre la primera respuesta es «nada, estoy bien». No lo tomes como final: tómalo como que la puerta queda abierta. Repetir con calma un par de veces por semana hace más que insistir un día entero.
No prometas secreto absoluto, y dilo antes: «lo que me cuentes queda entre nosotros, salvo que crea que estás en peligro — porque entonces voy a buscar ayuda, y prefiero que lo sepas ya».
Y si te dice que quiere ir a un psicólogo, no lo interpretes. Ni «¿tan mal estás?» ni «eso lo hablamos en casa». Que un adolescente lo pida es raro y valioso: se pide cita y ya.
Cuándo consultar
Consulta con su médico —el pediatra o el de cabecera es la puerta más fácil, con menos etiqueta— si los tres criterios apuntan igual, si lleva dos semanas o más, si ha dejado de funcionar en el instituto o con sus amigos, o simplemente si llevas tiempo con la sensación de que algo no va. Esa intuición, en padres, acierta más de lo que la gente cree. Aquí tienes cómo encontrar a un profesional, y si él se niega a ir, esta otra guía va entera de eso.
Y no esperes si hay autolesiones, si habla de no querer seguir, si ha dejado de comer o de salir por completo, o si notas que ha perdido el contacto con la realidad. En esos casos se consulta hoy: con su médico, en urgencias, o llamando a una de estas líneas — el teléfono ANAR atiende a menores y también a los adultos que llaman por uno.
Termino con lo que más tranquiliza y más se olvida: preguntar no estropea nada. Si te equivocas y solo era una mala racha, lo único que habrá pasado es que tu hijo sabrá que estabas mirando. Eso no hace daño a nadie.
Si conoces a alguien a quien esto le venga bien, envíaselo.
Para que no se te pase la próxima.
Una carta al mes. Llega un domingo cualquiera.